23 mayo 2012

Reina del Alba



Disgustado, se hallaba sentado sobre el peldaño, en algún bancal del edén.
—¿Por qué sigues aquí? —preguntó fatigado— márchate, no esperes que alguien te reconozca.
—Necesitas compañía —respondió ella, con voz firme y una mirada magnánima que perseguía los ojos de su interlocutor—, sé que es una delicada situación y en este momento te encuentras desequilibrado.
—Gracias, pero estoy bien —en tono perplejo, respondió el infeliz—, prefería estar solo, debo ordenar algunas ideas antes de partir.

El disimulado viento acariciaba suavemente la piel de la pálida muchacha; congelaba sus huesos. Con sus largos cabellos solares permanecía quieta. Era de piedra y así contempló fijamente al individuo durante la mayor parte de la noche. Se atrevió a aproximarse para poder sentir y desempolvar sus inmundas manos; mas aún para sentirlas, empero antes que pudiese rozarlas fue interrumpida.
 —Creo que será mejor que me vaya —dijo lenta y cuidadosamente mientras se ponía de pie—.
 —¿A dónde pretendes ir en ese estado? —exasperada, preguntó la bella muchacha—.
 —¡Mi destino es banal! —exclamó el sujeto— tú debes volver, no ganes más problemas de los que ya tienes mi buena amiga.
Se podía apreciar cierto pavor en el delicado rostro de la muchacha, ergo en cada palabra que emitía se traducía en frenesí.
—Pareciera que solo a mí, me preocupa ésta situación —dijo indignada—, también necesito saber hasta dónde nos lleva esto.
El la miró a los ojos e hizo un gesto incitante con su apático rostro, y sin decir palabra alguna se pusieron de pie y deambularon por horas. Horas tras horas por las sombrías calles del averno, y el silencio era pieza imprescindible de la velada.
Se detuvieron momentáneamente en un extraño callejón para que ella encendiese un habano. Una vaga luz amarillenta, generada por una vieja farola, iluminaba parte del rostro del siniestro.
—Me sorprende saber que aún estás aquí, ¿eres consciente de que podrías terminar aun más perjudicada? —preguntó mientras la observaba—.

La mujer guardó los cerillos en el bolsillo interior de su abrigo y tras varios segundos de procesar el tabaco en su cuerpo, frunció el ceño y le echó una entrecerrada mirada al iluso.

—Por supuesto que sí —respondió con seguridad, exhalando el humo por sus delgados y perfectos labios en forma de silbido—, pero insisto, tengo que saber cómo va a sellarse esto.

Continuaron alejándose de aquel grisáceo y tétrico lugar hasta llegar a un callejón cercado por una malla de metal; sin embargo, aún así, la treparon y saltaron hacia el otro extremo. Salieron hacia una estrecha avenida que se encontraba totalmente vacía, y a menos de cien metros se divisaba un grifo abandonado. Había un viejo auto blanco estacionado frente al mismo y se aproximaron sigilosamente.
—No pretenderás hacer lo que estoy pesando, ¿cierto?
—Es exactamente lo que haré, amiga mía —susurró plácidamente, con la mirada fija en el enorme astro que pintaba la escena, mientras caminaban hacia el solitario vehículo a pasos vacilantes—.
Retiró una delgada horquilla de su maletín, y la usó para abrir la puerta del coche, sin embargo la treta no sirvió para lograr encenderlo. La llegada del alba estaba cada vez más cerca. El cielo negro, como el ojo de un cuervo, se tornaba gris, y la intensidad del frío aumentaba en la penumbra; no obstante, continuó su travesía. Ella le acompañaba, caminaba a su hombro izquierdo espiándole de reojo.
—Pese a todo lo que ha sucedido, creo que eras la persona indicada para la tarea. —dijo la cada vez más pálida mujer—. Su compañero hizo caso omiso a las frívolas palabras de la muchacha y caminaron. Caminaron hasta llegar a un largo puente. Atravesaron el angosto y descendieron los incontables escalones que lo procedían hasta llegar a una cumbre arenosa, que una vez sometida, se lograba apreciar el océano.

El aroma de la brisa penetraba sus sentidos. Hubo un silencio eterno que fue interrumpido por el discordante graznido de una bandada de gaviotas. Sin cruzar las miradas, ambos se acomodaron en la orilla. Liberándose de sus mugrientas vestiduras, el extraño sujeto procedió a sumergirse en el infinito abismo azul y una vez purificado volvió junto a la muchacha, la cual le esperaba sentada con las piernas recogidas y sus brazos protegiéndolas. Pulcro, abrió su gruesa maleta y retiro de ella un pantalón con una camisa blanca, pulió sus botas y se vistió. Pasó una turbada mirada sobre sí mismo y con una expresión nauseabunda en su rostro dijo:

—Que importa cuán impecable pueda verme, si las máculas del pecado siguen grabadas en mi alma.
—Hasta ahora no te has quitado esa idea de la cabeza —entre risas, se expresó la mujer—.
—Has llegado muy lejos —dijo el sujeto—, ahora debo continuar solo. Ya es hora que te marches.
—Sabes que no será así —respondió la muchacha de cabellos dorados, con una retorcida sonrisa y prestando más atención a la arena que el viento hurtaba—.
Se levantaron y vagaron junto a la orilla. El elegante pero despiadado hombre, chasqueó los dientes y acompañado de una mueca, encogió los hombros. Tenía una espalda ancha, por ende, el gesto era considerable.
—Yo sé que mis acciones carecen de integridad  —dijo el extraño mientras mantenía la mirada sobre el ya grisáceo firmamento—; sin embargo, pese a mi lamentable estado de acedia, se que…
—¡Silencio! —interrumpió Janice— no infieras cuando absolutamente nadie te ha visto. Nadie está enterado, aún hay tiempo y podemos escapar.
—¿Podemos? —respondió sorprendido— no pluralices  —corrigió y giró su cuerpo hacia ella señalándola con el dedo índice—, cuando la aurora se pronuncie, partiré solo —añadió—.
—Me temo que eso no podrá ser —respondió efusivamente y se detuvo—, me llevarás siempre contigo aunque no lo desees.
—¿Cómo es eso posible? —preguntó, con una expresión de asombro en su rostro— si sepulté tu cuerpo diez metros bajo tierra...

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