18 julio 2012

Hedonismo puro

Aquella noche insomne, de garúa, y cargada de elevadas dosis de cafeína, sentí un frío súbito; que vertiginosamente recorría y se hacía de todo mi cuerpo. Fue un evento inesperado y a la vez extraño, ya que, nunca -o casi nunca- suelo tener frío.
Dubitativo, caminé hacia mi cuarto, busqué en el armario y me protegí cual armadura medieval con dos casacas. Una vez sentado frente al ordenador, aquél frío insidioso se había esfumado. Huyó. Fue abatido por el placentero y a la vez incómodo calor que mi cuerpo había adoptado gracias a esa casaca roja deportiva y otra enorme de un grosor nivel astronauta; en un instante de exquisito silencio, fui invadido por un sentimiento de júbilo inexplicable pero comprensible, por cómo aquel teléfono cuasi averiado, estrepitoso, inmaculado, sin identificador de llamadas, tan vintage, situado en el seno de la sala, había dejado de sonar. Había dejado de perpetrar tal exasperante ruido altamente nocivo para mis oídos, paciencia lo que queda de ella y salud mental.

Estaba hostigado de ese ringtone estilo Tango 300 amplificado a unos diez mil de decibeles en mis tímpanos, que si bien se oía en todo el edificio al contestar, del otro lado de la bocina, estaba mi madre preguntando cómo estuvo mi día, una señorita cobrando el mes pasado del paquete Movistar, una señora que siempre se equivocaba al marcar el número o quién sabe quizá era de la CIA o algún miembro del Opus Dei y urdía una siniestra emboscada contra mi persona, alguna de las no tan distintas amigas de mi hermana, un extraño haciéndome interrogantes fuera de lugar, mi vehemente ex novia, una grabadora sentenciando la fecha del corte de la linea, un hombrecillo vocinglero y bastante pesado, ofreciendo promociones de Movistar; para mí eran conversaciones triviales, vanas, inútiles, incómodas, que carecían de contexto y en ciertas ocasiones tomaba la errónea decisión de no contestar. Errónea porque luego tenía que soportar el ruido estridente del condenado aparato.

Empecé a detestarlo, al punto de cambiar de número y reemplazar el "clásico" equipo por uno más actual, porque no soy partidario de la telefonía, no disfruto que me llamen. Prefiero el clásico mensaje de texto, un mail o mucho mejor el diálogo en persona. 
Sí, aquella noche al divisar el teléfono inalámbrico tan sosegado, silencioso, petrificado, exclusivo, estaba en mi momento de gloria; sin embargo, me ponía a pensar qué tan insano era haberme quedado el resto del día leyendo una infinidad de libros virtuales sin dormir, comer -exceptuando lo básico-, o tener contacto alguno con seres de mi misma especie de la puerta hacia afuera. Y el tema está en que al llegar a casa, soy seducido por la literatura y sometido por una pereza apoteósica que, luego de una refriega interna con mis derrotadas convicciones, me conduce a hacer uso de algunas redes sociales.


Sentí un Déjà vu.

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