13 octubre 2012

Ver la luz

3:45 de la madrugada. Ya era sábado. Repentinamente me levanto de dormir con la palpitación cardíaca acelerada, a causa de una vil pesadilla. Transpirado, contemplando el cielo raso, echado en uno de los sillones de la sala; vestido con la indumentaria formal del día anterior (había sucumbido leyendo a Benedetti); el estridente sonido de un par de bocinas de los coches en la avenida; una sádica "Pero me acuerdo de ti" de Cristina Aguilera que se oye desde la habitación del otro extremo; unos expertos debatiendo en un documental sobre el aborto, en la televisión de la sala, la cual siempre está prendida cuando supuestamente duermo -aunque sospechosamente en ese canal-; el dolor gutural del que me venía aquejando días antes y que hoy había atacado sin remordimientos, se hacía notar; la extraña sensación de extrañar con añoranza a mis padres –especialmente a mi padre, porque con mi madre había charlado por el móvil durante la tarde cuando generalmente no suelo verlos con tanta frecuencia; el ringtone de "Billy the puppet" de notificación de Facebook del smartphone, era mi novia, comentaba un video de Pete Doherty que le había publicado en su muro horas antes; la jodida sensación de querer -y necesitar- miccionar y recodar las tres tazas de café antes de caer rendido ante Morfeo y saber que aun no me levanto por estar escribiendo esto -sí, así soy-. 
Tenia la sensación de querer hacer algo, de querer sentir algo. No sabía qué. No sé qué. El soundtrack de este relato había mutado a unos melancólicos Jesse y Joy (o como se escriba) mientras intentaba colocarme cómodo, dejándome caer en el sillón y poniendo mis pies sobre el cajón peruano que yacía en el centro de la sala mientras seguía escribiendo en el móvil y aumentaban las ganas de querer dar una visita fugaz al baño, que se encontraba a dos metros de mí; pararme frente al inodoro y demostrarle quien mandaba aquí. Pero no. Aquí estaba, cavilando en ese pérfido sueño. Lo recordaba como si lo estuviese viviendo en este mismo momento. Mi cuerpo había adoptado esos nervios, esa presión que sólo sentía cuando tenía ocho años. Mi palpitación cardíaca era cada vez mas rápida mientras sentía un raspón en la garganta al pasar la saliva. Continuaba sintiendo aquellas ganas de ese algo, ese algo que no sabia qué era, o quién era. Logré respirar y decidí ponerme de pie. La música estresante había sucumbido. La voz en off de mi cabeza se había esfumado. La calle estaba tranquila. Mi oído derecho aún seguía tapado. Pensé, quizá debía olvidarme de todo y era momento de despertarse.

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