03 diciembre 2012

¡Dios es un sádico!

Estaba redactando esto con un ímpetu inefable cuando de pronto, recordé la desktop quemada, el encargo de mi novia, y me quedé escribiéndole un mail desde la laptop; de todas maneras, aquí estoy y quería escribir sobre temas que han invadido mis conversaciones la semana pasada.

La ética siempre juega un papel muy importante. Desde el punto de vista del individuo, es decir la ética normativa (todo lo que consideramos valores, deberes, interpretación del bien o del mal) y por su supuesto, la ética en calidad profesional. Es decir, cómo debe actuar como persona y a la vez como un profesional honesto, cuando su éxito personal depende de circunstancias que afectan su moral. 

Reflexionando sobre la importancia de nuestras acciones en la vida diaria, la sociedad nos impone ciertas reglas para poder permanecer en ella; sin embargo, son más importantes nuestras creencias propias, la capacidad interna de decidir lo que nos conviene o no, siempre recordando que somos un individuo dentro de la organización, y como escribió Rosseau: «Nuestra libertad termina donde empieza la de los demás» y que por lo tanto el camino a seguir en nuestras vidas no tiene que ser un compendio de acciones que perjudiquen a los demás.
Ser, es observar en la dimensión humana y lo que vemos está directamente interelacionado con lo que somos. No podemos llegar lejos en la modificación en nuestro modo de ver sin cambiar simultáneamente nuestro ser y viceversa.
¿Es realmente el deseo de ser reconocidos como exitosos lo que lleva a una persona a conocer los límites de su comportamiento? Los estereotipos de la sociedad es un fuerte desencadenante de presiones que rodean a los habitantes. Existen principios relacionados a las costumbres inculcadas desde pequeños, es decir la existencia de paradigmas. Los paradigmas dan origen a nuestras actitudes y a nuestra conducta, a la vez son inherentes del carácter.
El ser humano se encuentra en frecuentes dicotomías siempre relacionadas con el bien y el mal, el fracaso y el éxito, la alegría y la tristeza que constantemente es relacionado con la percepción de su entorno. 
A lo que intento llegar es a que dejemos de justificar todos nuestros problemas o el actuar diario a la influencia de un Dios, o la manipulación de otro ente, sino que somos nosotros mismos los responsables de nuestro desarrollo, de la manera de desenvolverse en el entorno. Es así como cada uno de los humanos crea su propio destino, y son reflejos de sus pensamientos.
Aceptar la existencia del “Diablo” o “Satanás” lleva como consecuencia aceptar que existe un Dios, y se continúa con ese círculo vicioso y la misma ideología de la existencia del bien y del mal. Es aceptar la existencia de un ente superior. El problema es poder determinar objetivamente si esta separación realmente es conveniente para la vida en sociedad. 

El siguiente monólogo es de una película que vi hace muchos años y se acerca a esta idea que planteo:

(…) A dios le gusta mirar. Es un bromista. Le da al hombre, instintos. Les da ese extraordinario regalo y entonces ¿Qué es lo que hace? Para su propio entretenimiento, su teatro privado, su circo cósmico, pone las reglas en oposición. Es la joda más grande de todos los tiempos: Mira, pero no toques. Toca, pero no pruebes. Prueba, pero no tragues; y mientras estás saltando en un pie ¿Qué es lo que hace? ¡Se está riendo como un enfermo!, ¡Es un tacaño!, ¡Es un sádico!, ¡Es un terrateniente ausente!, ¿Adorar eso? ¡Nunca! (…)

Al final todos somos corsarios diarios de la vida y al vernos influenciados por algunos elementos atractivos como el dinero por ejemplo nos lleva muchas veces a olvidar lo que realmente importa: Amarnos a nosotros mismos de la manera que permita poder amar a los demás.

1 comentario:

  1. Me queda una sencilla duda. ¿Y esas "Creencias propias", qué son?

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