19 julio 2013

Es nena

Trecientos gramos. Tan sólo trecientos gramos era tu peso, Berenice, en tu vigésima primera semana, según un papel blanco que nos entregaron al salir de la sala de ecografías la mañana de un martes dieciséis de julio del 2013. Inenarrable fue la sensación que se apoderó de nosotros cuando oímos el súbito y punzante “es nena” de la ginecóloga, la sorpresa nos la hizo llegar en el momento menos esperado del proceso. No sé por qué me incluyo si aquella mirada magnánima acompañada por una leve sonrisa se las regaló sólo a tu madre. A lo mejor los estudiantes de ginecología, durante su efímero paso por la universidad, se ven obligados a llevar cursos tipo “Cómo Ignorar a la Pareja de la Gestante”, “10 maneras de hacer incomodar al nuevo Padre” o algo similar, porque mi cabeza aún no logra formular alguna otra idea acerca del porqué de esa innecesaria indiferencia. En fin, el punto es, que ya sabíamos tu sexo físico, tu peso y el tamaño que tenías. Estabas sana y eso nos sosegó en cierto punto, por así decirlo; sin embargo, al salir de la clínica, cada paso que dábamos tu madre y yo, nos llevaba cada vez más cerca de la estupefacción. No lográbamos concebirlo. No lo asimilábamos. Yo estaba menos pasmado, sin duda, y eso no necesita explicación alguna. Es distinto. Por otra parte, es inverosímil y casi aterradora la forma en que un acaecimiento de esta magnitud logra cambiarte la vida, como si de un nuevo comienzo se tratase. Como si también yo de alguna manera, estuviera naciendo nuevamente.

Hoy concluyó la semana de exámenes finales en la universidad y aun así no he conseguido sacarme esta idea de la cabeza. Es un episodio de la vida en donde uno se encuentra con muchos sentimientos amalgamados: desde el miedo, pasando por la perplejidad y llegando hasta una felicidad inefable que sólo una persona en esta carne podría comprender. Todo cambia. Desde el momento en que me levanto, eres una nueva razón para mi ínfima existencia, y ser mejor persona que la de ayer es ahora una de mis prioridades.
Aun no sé cómo me mirarás ni cómo será el sonido de tu voz, empero ya he logrado divisarte en mis sueños caminando a paso vacilante hasta llegar a mis brazos. Es alucinante lo que la naturaleza puede hacer en tan sólo veintiún semanas.

Tú nunca pediste venir a la vida, llegar a este mundo funesto donde a esta vana y alienada sociedad sólo le importa si estás arriba o abajo, donde uno mismo se encarga forja su destino; tú nunca decidiste llamarte Berenice; nunca imaginaste tener como padres a tu madre y a mí, y por estos atrevimientos me disculpo. Por haberte traído a un mundo precario y funesto. La vida carece de sentido, en su totalidad, pero es maravillosa cuando aprendes a encontrar su belleza en las cosas más simples o llegan momentos que cambian tu vida, como cuando me enamoré de tu madre, por ejemplo, o cuando la ginecóloga con aires de voleibolista nos dijo “es nena”.

Uno no siente o imagina todo esto cuando se lo cuentan o lee, hasta que tiene que pasar por ello. Nunca me había hecho la idea de ser padre. Jamás pensé estar en una clínica esperando resultados cada cierto tiempo. Me aterraba un poco al comienzo esta nueva vida pero luego te das cuenta que es lo mejor que te pudo haber pasado. Ahora sólo espero con avidez el momento en que nuestras miradas se encuentren.